“La oscuridad se desvaneció despacio, de
mala gana y poco a poco la luz fue entrando a través de mis atoradas y enrojecidas
pupilas. Primero abrí el ojo izquierdo y luego el derecho, los objetos borrosos
que me acompañaban tardaron aún un tiempo en lograr formar su auténtica imagen,
más clara y nítida.
No recordaba nada y el aturdimiento de mi
cabeza no me dejaba pensar con claridad. Las punzadas continuas sobre mi frente
y el dolor agudo en mi vientre se hacían insufribles. Me dolía hasta el pelo.
Necesitaba gritar, llorar, salir de esa situación de falso letargo.
Nada, no se oyó nada. Ni un susurro emergió
de mi boca. En ese instante mi garganta me aviso de que por un tiempo estaría
apagada, sin funcionar. En standby. Eso me alarmo y me lleno de angustia, un
temor familiar y sin rostro se apodero de mi... me temo que una vez más.
Por un momento, solo por un breve momento,
adivine escuchar los latidos frenéticos de mi corazón… sentí en mis sienes el
palpitar continuo y desbocado de un corazón roto demasiado pronto, siendo
todavía frágil. Siendo demasiado hermoso.
Empecé a temblar. Un escalofrío surgió de
la nada e hizo que hasta las entrañas comenzaran a vibrar descontrolada y
súbitamente. El miedo apareció así sin más… como suele hacer el muy cobarde. Por
la espalda. Me acurruque entre las sabanas y me tape hasta la cabeza como de
niña, como anteayer.
La luz tan apenas lograba entrar entre las
tupidas telas y mi apretado y quejoso cuerpo, pero eso no impidió que lo viera,
lo sintiera e incluso que lo oliera. Mi reacción fue instantánea e irreflexiva…
¡Plof! Mi cuerpo acabó estampado contra el sucio y frío suelo, al intentar
torpemente liberarme de las sabanas, a la vez que saltaba literalmente de la
cama. Me caí. Seca y abrúptamente me caí de bruces, y ahí en ese inhóspito y
desconocido suelo permanecí un tiempo, quieta, sin moverme.
La visión que acababa de tener, despertó en
mi todos mis sentidos y con ellos todas mis angustias y temores adormecidos y
anestesiados por no sé muy bien qué cosa. Allí tirada, con la cara pegada al
suelo y una tristeza que lo impregnaba todo, comencé a verlo un poquito más
claro.
Lo había hecho. Finalmente y tras
angustiosos meses, me había decidido a hacerlo… a dar el paso que nunca jamás
me hubiera imaginado dar. Me había atrevido a poner fin, o más bien un punto y
aparte, a tanto tormento... Perdón, dije “me”, cuando en realidad es, “ellos”
se habían atrevido… el subconsciente me ha jugado una mala pasada, es muy osado.
No volverá a ocurrir.
Allí, despatarrada y cubierta de sangre
como en un matadero cutre, en una
postura ridícula y cuasi tragicómica, descubrí lo ocurrido. La visión extremadamente
clara de ese suelo sucio y pringoso de líquidos sospechosos, entremezclados con
algodones, gasas y huellas de zapatos marcados por un sospechosa sustancia
rojiza, me daban la respuesta… esa que no quería como mía y que no me
pertenecía. Acababa de abortar. Ahí, en una habitación lúgubre, fría y sin
alma. Ahí, en algún lugar del mundo, había terminado con el germen, el futuro y
la vida de un no nacido. De un proyecto, de un pudo ser pero no fue. Allí,
inmediatamente ahí en ese momento, me di cuenta que termine con mi vida,
termine con la inocencia y alegría de una niña de 15 años…
Allí, en ese lugar fantasmagórico terminé
dolorida, vacía y envejecida de por vida, para siempre jamás…”
Una vez
más, desperté del sueño, sudorosa y angustiada, como me viene ocurriendo desde
hace 40 años de una forma demasiado tozuda y cruel. Desperté de la pesadilla
para afrontar un día más, la decisión de seguir viviendo a pesar de la
penitencia continua que es verme con ese hábito incomodo, con esas imágenes Marianas,
que representan la plenitud de la vida, la plenitud del amor. Desperté para
seguir muerta en vida en ese convento en
el que mi padre me envió, allá por finales de los ´70.
¿Desperté?…
Despierto y muero todos los días de mi vida, por el único hecho objetivo de ser
mujer y haberme tocado vivir en un tiempo oscuro, falto de luz y alegría. Un
tiempo corto de miras y largo de fobias e hipocresías.
Despierto
y muero todos los días, anhelando que usted, hombre o mujer, no decida por mí
lo que tengo que hacer con mi vida, con mi cuerpo e incluso con mi alma o mi conciencia
perdida.
No. Porque
el aborto no se legisla. Porque el aborto no se debería de producir. Porque el aborto
nunca sale gratis.
Y como
yo amo la vida tanto o más que usted, déjeme decidir en paz, déjeme decidir mi
vida…
Lo relatado es pura y tétrica ficción...
Oscar
Ara



